Hannah Montana cumple 20 años y algo en nosotras también cambió

Hubo un momento en el que creíamos que tener una doble vida era posible. Que podíamos ser dos versiones de nosotras mismas sin que eso fuera difícil, probablemente una versión que soñaba en su cuarto y otra que salía al mundo a intentar ser alguien. Ese momento tenía nombre: Hannah Montana.

Para muchas, crecer viendo esta serie no fue solo consumir tiempo frente a un televisior, fue aprender (sin siquiera saberlo realmente) que la identidad no siempre es clara, que podemos cambiar, probar, equivocarnos, y aun así seguir siendo nosotras. Hannah era una fantasía, un personaje creado para entretenernos, hacernos reír y pasar un momento agradable tal vez con nuestras hermanas, amigas o con quien sea que veíamos la serie, pero también era una pregunta constante: ¿quién quisiera ser yo? ¿Miley o Hannah?

El fenómeno de Hannah Montana no se explica solo por su éxito en televisión. Se explica porque llegó en una etapa en la que estábamos formando quiénes éramos. Cantar The Best of Both Worlds (en un inglés que solo nosotras entendíamos) no era solo divertido, era una forma de creer que podíamos tenerlo todo; los sueños grandes, la vida real, la amistad, el amor, la versión ideal de nosotras mismas. Tal vez por eso hoy se queda tanto con nosotras ese sentimiento, porque no era solo ficción, era aspiración.

Hoy, 20 años después, verla de nuevo es distinto. Ya no es solo risa, nostalgia o tal vez cringe, es una especie de espejo incómodo y bonito al mismo tiempo. Porque ahora ya no estamos en ese cuarto con afiches viejos soñando con ser alguien, ahora somos alguien, con recibos por pagar, horarios de oficina, decisiones propias, días buenos y días en los que todo es una mierda, y en medio de eso, volver a Hannah Montana después de 20 años, es encontrarse con una versión más pequeña de nosotras mismas que todavía cree en ciertas cosas que añoraba en esas paredes con carteles.

Parte de lo que hace tan fuerte este aniversario es ver a Miley Cyrus hoy, porque mientras nosotras crecíamos, ella también lo hacía. Se transformó, se equivocó, se reinventó y se soltó de un personaje que la definió por años, y en ese proceso, nos dio permiso de hacer lo mismo: dejar atrás versiones que ya no encajan, cambiar sin culpa, entender que crecer no es perder lo que fuiste, sino integrarlo.

Hannah Montana no se quedó en la infancia, se quedó en la forma en la que entendemos quiénes somos. En la idea de que podemos ser muchas cosas a la vez, en la nostalgia que aparece cuando vemos lo lejos que hemos llegado, y en esa sensación rara de orgullo y tristeza cuando miramos atrás para pensar y decir «esa versión mía no sabía todo lo que venía… pero lo ha logrado».